capitulo 1:
El mapa secreto del tío Adolfo
Dicen que en algún lugar del mundo vive un aventurero capaz de viajar a selvas misteriosas, encontrar mapas secretos y descubrir lugares que nadie más ha visto.
Un aventurero valiente…
Un explorador experto…
Un gran buscador de tesoros…
Bueno… experto, experto… tampoco demasiado.
A veces se tropieza con sus propios cordones, pierde las llaves dentro de su propia mochila y se equivoca de camino incluso cuando usa el GPS.
Ese aventurero se llama…
Manolo García.

Aquella mañana, Manolo estaba en su casa, sentado en el sofá, viendo dibujos animados y comiendo galletas, cuando de pronto…
¡Toc, toc, toc!
Al abrir la puerta encontró un pequeño paquete. Dentro había un libro antiguo y una carta de su tío Adolfo. En el libro había un mapa secreto que llevaba a un lugar misterioso:
La Isla de los Dinosaurios.
—¡Dinosaurios! ¡Tengo que ir inmediatamente! —dijo Manolo.
Preparó su mochila con su sombrero, una linterna, galletas, un bocadillo enorme y su cepillo de dientes.
Pero al mirar el mapa pensó:
—Un momento… si voy a una isla tan lejana, necesitaré ayuda. ¡Todo gran aventurero necesita un buen equipo!
Así que fue al puerto en busca de dos marineros fuertes, valientes y muy expertos.
Al poco rato aparecieron dos hombres caminando hacia él.

El primero llevaba unas gafas enormes, la ropa un poco desordenada y parecía que algo se movía dentro de sus bolsillos.
El segundo era muy grande, muy redondo y… estaba comiendo un bocadillo gigantesco.
Manolo los miró unos segundos en silencio.
—Bueno… quizá no son exactamente lo que imaginaba… pero seguro que servirán.
Señaló al primero.
—Tú te llamarás Batracio.
Batracio sonrió y, al levantar la mano para saludar, ¡se le cayó una cuerda, una cuchara y una pequeña brújula del bolsillo!
Después señaló al segundo.
—Y tú serás Patxi Panceta.
Patxi terminó su bocadillo, sonrió y preguntó:
—¿En el barco habrá comida?
—Sí, mucha —respondió Manolo.
—Entonces el viaje empieza cuando quieras —dijo feliz.
Los tres subieron al barco y comenzaron el viaje siguiendo el mapa.
El mar estaba tranquilo, el sol brillaba y las gaviotas volaban sobre sus cabezas.
Pasaron los días.
Un día… y otro… y otro más.
Hasta que una mañana, mirando con sus prismáticos, Manolo gritó:
—¡¡Tierra a la vista!!
A lo lejos apareció una isla cubierta de árboles gigantes, montañas verdes y playas doradas.
—¡Debe ser la isla secreta!

Cuando el barco llegó a la orilla, Manolo bajó con su mochila mientras Batracio y Patxi lo seguían.
Todo estaba en silencio.
De pronto, unos arbustos comenzaron a moverse.
CRACK… CRACK…
Algo pequeño salió entre la hierba.
Era un pequeño dinosaurio verde, con ojos grandes y brillantes, que los miraba curioso.

Manolo abrió los ojos sorprendido.
—¡No puede ser! ¡Un dinosaurio de verdad!
El pequeño dinosaurio dio un pasito hacia ellos, como si quisiera jugar.
Manolo sonrió.
—Amigos… creo que acabamos de llegar a la aventura más grande de nuestras vidas.
El dinosaurio empezó a caminar hacia la selva y miró hacia atrás, como diciendo: “Seguidme”.
Manolo ajustó su sombrero.
—Muy bien equipo… ¡que empiece la aventura!
Y así, Manolo, Batracio y Patxi dieron su primer paso dentro de la misteriosa…
Isla de los Dinosaurios.



