CAPITULO 2
EL PRIMER AMIGO DINOSAURIO
Manolo, Batracio y Patxi acababan de llegar a la misteriosa Isla de los Dinosaurios.
Frente a ellos, el pequeño dinosaurio verde los observaba moviendo la cola de un lado a otro.
—Creo que le gustamos —susurró Manolo.
El dinosaurio dio un pequeño salto.
—¡Grrr!
Patxi sonrió.
—Es adorable.
Pero en ese momento…
GRRRRUUUUUMMM!
El estómago de Patxi rugió tan fuerte que los pájaros salieron volando de los árboles.
El pequeño dinosaurio se asustó y se escondió detrás de unas plantas gigantes.
—¡Patxi! —dijo Manolo—. ¡Has asustado a nuestro primer dinosaurio!
Patxi se encogió de hombros.
—Perdón… creo que tengo hambre.
Batracio empezó a rebuscar en sus bolsillos.
Sacó una cuerda… una cuchara… una banana… una zapatilla…
Y finalmente encontró una galleta.
—¡Ajá!
Batracio le ofreció la galleta al dinosaurio.

El pequeño asomó lentamente la cabeza.
Olfateó la galleta…
La lamió…
Y de pronto…
¡ÑAM!
Se la comió de un bocado.
Todos comenzaron a reír.
—¡Ya somos amigos! —dijo Manolo.
El dinosaurio dio vueltas contento alrededor del grupo.
Entonces Manolo abrió su viejo libro de explorador.
—Veamos qué clase de dinosaurio eres…
El pequeño dinosaurio tenía cuello largo, patas fuertes y una sonrisa muy simpática.
Manolo pasó varias páginas.
—¡Aquí está! Creo que es un pequeño Camarasaurio.
El dinosaurio hizo un ruidito feliz.
—Necesita un nombre —dijo Patxi.
Todos se quedaron pensando.
—¿Qué tal… Verdi? —preguntó Manolo.
El pequeño dinosaurio movió la cabeza muy rápido.
—Creo que eso significa que no le gusta —dijo Patxi.
—¿Y si lo llamamos… Mocozilla? —preguntó Batracio.
El dinosaurio se cruzó de brazos y soltó un gruñido.
—Definitivamente tampoco le gusta —dijo Manolo.
Entonces Patxi sonrió.
—¿Y “Lolo”? Es corto, divertido y fácil de recordar.
El dinosaurio dio un salto enorme de alegría.
—¡Grrrr!
—¡Perfecto! —dijo Manolo—. ¡Hola, Lolo!
Lolo comenzó a caminar hacia la selva mientras movía la cola.
Después se giró para mirarlos.
Parecía decir:
“¡Venid conmigo!”
—Creo que quiere enseñarnos algo —susurró Manolo emocionado.
Los cuatro comenzaron a avanzar entre árboles gigantes, flores enormes y sonidos misteriosos.
La selva estaba llena de vida.
Había mariposas de colores brillantes, huellas gigantes en el barro y frutas extrañas colgando de las ramas.
De pronto, Lolo se detuvo.
El suelo empezó a temblar.
TUM… TUM… TUM…
Las hojas de los árboles se movieron.
Patxi tragó saliva.
—Eso no ha sido mi barriga…
Entre la niebla apareció una sombra gigantesca.
Una pata enorme pisó el suelo.
Luego otra.
Y otra más.
Manolo levantó lentamente la vista…
Muy arriba… muchísimo más arriba…
Había un dinosaurio gigantesco de cuello larguísimo mirándolos.

Batracio casi se cae hacia atrás.
Patxi abrazó su mochila.
Lolo soltó un alegre:
—¡Grrr!
Entonces el gigantesco dinosaurio bajó lentamente la cabeza… y les dio un suave empujoncito amistoso.
Manolo sonrió maravillado.
—Creo… que acabamos de conocer a la familia de Lolo.
Y mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de la selva, nuestros exploradores comprendieron algo increíble:
La Isla de los Dinosaurios estaba llena de secretos…
y aquello era solo el comienzo.



